¡Ya!
El aire se comprime entre los dos, el sutil aroma del éxito le acaricia el pelo y por primera vez tras tanto tiempo comienzo a despertar de la desesperación.
Tenía miedo a mover un solo músculo por si la burbuja de cristal se rompiera en mil pedazos y resultara ser uno de los tantos sueños que me despertaban de madrugada.
Pero no, esta vez no era así.
Respiraba aire húmedo y fresco.
Por fin podía volver a ser yo misma.
El tiempo se detenía y los segundos parecían horas eternas que disfrutar.
Brillaba con la inmesidad del sol, volaba con la ligeresa del viento, miraba con la delicadeza de la flor recién abierta.
Era mágico, cósmico, invariable pero a la vez sin rumbo fijo.
Pertenecía al cielo pero bajaba hasta aquí para regalarme cachitos de felicidad que después tendría que pagar caro, muy caro. Pero no importaba, me daba igual descender al mismo infierno si podía retener su mirada tan solo un minuto. De ella bebía y me alimentaba para no morirme durante los meses de inconsolable espera.
Así, de este modo, en susurro se despedía y la lluvia empezó a mojarme el pelo.

