Sentada en aquella silla vieja de madera de pino esperó a que amaneciera.
A las 6 de la mañana, cuando el sol ya calentaba sus tobillos, fue a hacerse un té negro.
Cinco horas más tarde un estruendo hizo resonar los cristales.
Ella suspiró desde lo más hondo y se vistió para ir al trabajo,
como todos los días.

