Si me preguntan, no sé cómo pudo ocurrir.
Si me reclaman algo, no puedo corroborar que lo hice a posta.
En realidad no soy conciente de is propios actos.
Sólo recuerdo que lo hice, que allí estaba con sus manos entrelazadas a las mías, paseando bajo el cielo estrellado de París.
Fue un sueño que viví sin pensar, sin darme cuenta. Lo hacía casi que mecánicamente. Sin sentir, sin ver, sin oir. Pero lo estaba haciendo.
Era culpable y así me siento, con un fuerte dolor en el pecho por estar haciendo lo que no debo. La princesa a cada paso se va convirtiendo en bruja. Bruja malvada por estarle aplastando el corazón a alguien inocente, a alguien que ha apostado por la carta equivocada, por la mirada confusa.
Solo tenía una salida, una única escapatoria. Cerrar los ojos y volar, escapar de este cuento para así intentar dejar de temblar cuando me roza sin querer. Pero fallé, sin querer aún cuento los minutos para que me venga a buscar...
Esto no me puede estar pasando a mí, vuelvo a caer al infierno, vuelvo a querer sin lógica, como una aunténtica estúpida e idiota que siempre elige a aquel que primero la ve, el que primero me dice cuatro palabras y me roba la razón. De nuevo me siento mal por amar a quién no puedo, a quién no es correcto. Otra vez me equivoco, otra vez me salto el guión.
No, es imposible.
Nuestras vidas suenana a compases distintos, es verdad, pero ambas se pueden tocar sobre el mismo teclado, son compaginables, o eso pienso yo.
De qué vale arrepentirse si ya no hay vuelta atrás. De qué vale arrepentirse si lo hubiera vuelto a hacer igual.
...
Creo que te estoy empezando a querer, sin querer.
Lo siento.

