A las 8 de la mañana se despertaba con ese taconeo incesante sobre su cabeza
Cada vez iba más y más rápido hasta que de repente se paraba con un portazo.
No podía soportar que su apetito fuera creciendo a cada minuto, a cada paso, a cada ligero movimiento
Cuando paraba sentía una furia incontrolable hasta que a las 2 de la tarde volvía
Volvía y de esta forma podía volver a pensar con tranquilidad.
Pero un día su egoísmo fue inmenso, subió las escaleras y consiguió apoderarse de esos pasos.
Consiguió bestialmente que durante semanas, meses e incluso años no volvieran a sonar los más mínimos pasos sobre su cabeza.
Lástima que fuera demasiado tarde para arrepentirse.

