Sentado en las escaleras frías que daban con la biblioteca central se sentaba cada tarde
a esperar, a reunirse con momentos de paz interior mientras veía la gente pasar.
Quien sabe, puede que esperara algo o alguien.
Lo cierto es que el impulso fue mayor que la vergüenza y ayer se le acercó una cara sonrienteque a regañadientes le preguntó si tenía algo y sin querer pasó a su lado tres horas.
Hablaban de todo y de nada
Se contaron sus penas y sus alergías, con al tranquilidad de que no se conocían de nada
Ambos estaban esperando aquel momento y aquella tarde, pero lo habían esperado en silencio.
Cuando las campanas de la iglesia dieron las ocho de la tarde cada uno se fue a reencontrarse con su rutina.
Ya nunca más volverían a aquel lugar, ya había cumplido su función.
Y en realidad nunca más se verían, porque incluso a ambos se les olvidó preguntarle el nombre al otro.

