lunes, 24 de noviembre de 2008

A las ocho

Sentado en las escaleras frías que daban con la biblioteca central se sentaba cada tarde

a esperar, a reunirse con momentos de paz interior mientras veía la gente pasar.

Quien sabe, puede que esperara algo o alguien.


Lo cierto es que el impulso fue mayor que la vergüenza y ayer se le acercó una cara sonrienteque a regañadientes le preguntó si tenía algo y sin querer pasó a su lado tres horas.

Hablaban de todo y de nada

Se contaron sus penas y sus alergías, con al tranquilidad de que no se conocían de nada

Ambos estaban esperando aquel momento y aquella tarde, pero lo habían esperado en silencio.




Cuando las campanas de la iglesia dieron las ocho de la tarde cada uno se fue a reencontrarse con su rutina.



Ya nunca más volverían a aquel lugar, ya había cumplido su función.



Y en realidad nunca más se verían, porque incluso a ambos se les olvidó preguntarle el nombre al otro.