Nunca pudo olvidar lo que el viento de aquella tarde le susurró al oído, como besaban sus pies las olas de la playa, como le acariciaba el pelo la arena.
Nunca olvidó el olor a quietud y el sabor a caramelo de pera.
Desde aquel día las olas no dormían, no descansaban sino que se pasaban día y noche crujiendo contra las rocas, desgañitándose de rabia, de furia, de incontrolada desesperación.
Nunca pudo olvidar su indiferencia ante aquellas dos palabras que pronunció sin pensar.

